La Abadía (I)
Al atardecer, el Monje Negro se aproximaba a los incautos que presenciaban en
las murallas el dorado camino del Sol y les susurraba al oído su verdadero nombre. Aquellos desdichados que eran partícipes de tal secreto, no conseguían franquear los muros de la fortaleza, pues morían antes de la medianoche. Unos caían fulminados en las mismas murallas, otros, entre horribles espasmos, expiraban vomitando negras sanguijuelas en la enfermería.
María Ramírez
(Registrado)

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