sábado, 6 de junio de 2009

Cómo se ligaba en el siglo I a.C.


El circo y el anfiteatro

"Que tampoco se te pase por alto la carrera de los nobles caballos: el circo, lleno de gente, encierra muchos placeres. No te harán falta los dedos con los que contar tus secretos, ni tendrás que recibir un mensaje mediante movimientos de cabeza.

Siéntate cerca de tu dueña sin que nadie te lo impida. Arrima tu costado a su costado todo lo que puedas. También es una ventaja que, aunque no quieras, la fila obliga a arrimarse, que tendrás que rozar a la muchacha por la imposición del lugar. En ese momento, búscate la excusa de una charla amistosa y que sean expresiones comunes las que mueva tus primeras palabras. Haz por preguntarle con interés de quién son los caballos que participan y sin dilación favorece, sea quien sea, al que ella favorece. Pero cuando se inicie la procesión concurrida con los dioses de marfil, tú aplaude con mano favorable a Venus soberana. Y como suele pasar, si cayera por casualidad polvo en el regazo de tu muchacha, habrás de sacudírselo con los dedos; aunque no hubiera polvo, no obstante sacúdeselo sin que lo haya: que cualquier excusa sea válida para tu solicitud.

Si por colgar demasiado su manto rozara el suelo, recógeselo y levántalo servicialmente del inmundo suelo. Al punto, como pago a tu servicio, con el permiso de la muchacha podrás ver sus piernas con tus propios ojos. Además, mira hacia atrás para que no oprima su delicada espalda al poner la rodilla quienquiera que esté sentado detrás de vosotros. Las cosas pequeñas cautivan los espíritus sensibles: a algunos les ha sido útil mullir un cojín con mano presta. También les fue bien mover el aire con una delgada tablilla y poner bajo su tierno pie un cóncavo escabel.

Estas oportunidades para un nuevo amor te las ofrecerá el circo y la aciaga arena esparcida sobre el bullicioso foro. Muchas veces en aquella arena ha luchado el hijo de Venus y ha sufrido sus heridas el que contemplaba las heridas. Mientras habla y roza una mano y pide un programa y pregunta, una vez hecha la apuesta, cuál de los dos ha vencido, gimió herido y sintió un dardo volante y él mismo fue parte del combate presenciado."


Ovidio. Ars amandi. Libro I.

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