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Daban las doce en el Parlamento y la niebla subía implacable desde el río, cubriendo lentamente la ciudad como un manto deshilachado y gélido. Embozados como forajidos avanzábamos con paso rápido hacia el puente, desafiando el viento del norte. Hubiera dado cualquier cosa por encontrarme en mi pequeño salón, frente al chisporroteo de la chimenea, con un buen tazón de sopa y mis pobres pies envueltos en mi manta de mohair. Pero mi flemático compañero había divisado una silueta bajo la mortecina luz de las farolas, allá abajo, junto al río. Sin piedad me arrastró en su persecución, concentrado como un perro de caza. La luna reapareció entre los árboles por un instante, y el destello de un objeto metálico fue visible entre los pliegues ondeantes de la capa del fugitivo. El corazón se me encogió.
María Ramírez
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