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Día tras día, la mirada en el lejano horizonte. Día tras día, el recuerdo de la luz de sus ojos, del tacto de sus rudas mejillas.
Dolor, fino puñal que traspasa mi ser.
Su belleza juvenil oculta bajo los pesados velos y ropajes de matrona. Su tierna piel, propiedad del anciano esposo, garantía de infames alianzas, se marchitará entre los tristes muros.
Más allá de la inmensa llanura agostada, más allá de las crueles montañas, vive su alma. Y mientras borda sin descanso, su pensamiento vuelve al jardín de sus amores.
Dulce compañero, alma de mi alma, nunca más os volveré a ver. Moriré en esta prisión. Pero llevaré vuestro nombre sobre mi piel.
Amanece y los primeros rayos iluminan los pesados cortinajes del lecho del castellano. El caballero se incorpora para acariciar a su joven esposa. Extraña marca en la adormecida piel de la muchacha.
Una tarde lluviosa de invierno, borda la joven dama, la mirada siempre prendida en el horizonte azul. Una súbita congoja la sorprende.
Negra noche me envuelve.
Cuatro días después llega el mensajero con la fatal noticia. Vuestro primo ha muerto, querida niña. Le asaltaron en la serranía unos desconocidos. El castellano toma a la vacilante joven en sus brazos y la consuela.
Al alba la encuentran, arriba, en las murallas, hecha un ovillo sobre las frías lozas, cubierta de escarcha.
Dulce compañero, alma de mi alma, esta noche estaré con vos.
María Ramírez (Registrado)
